May 23, 2012 - General    1 comentario

Tintín libre

Paseaba por el parque con Tintín, el pequeño chihuahua que tenemos de mascota en casa. El perrito iba amarrado porque, supongo que tendrá algún problema con la percepción del color, pero le ha gruñido a personas negras, así que prefería tenerlo bajo control. Durante la caminata me encontré con un joven muy amable que iba repartiendo bendiciones a su paso. A todo el que le cruzaba por el lado le decía “Dios bendiga”, también a mí y a Tintín, a quien tuve que halar porque quiso seguir detrás de dos perritos obedientes que acompañaban al repartidor de bendiciones.

Estos perros iban sueltos, a sus anchas, pero se mantenían junto a su amo sin chistar.  Ni siquiera noté la diferencia de suerte entre mi perro y el de “Dios bendiga”, así bauticé al desconocido, hasta que me volví a encontrar con éste y, además de la bendición, me soltó un discurso sobre el derecho a la libertad de los animales. Argumentó, con razón, que si no soltamos a los perros en el parque en qué otro lugar podríamos hacerlo. Que ése era el momento y el lugar para dejarlos libres, que anduvieran a sus anchas y disfrutaran de la libertad. Miré con recelo a los tres perros que ahora le seguían. Entendió mi temor, Tintín es mucho más pequeño que ellos, y aclaró que los dos suyos eran mansos pero que no podía dar cuenta de un tercero que se les había sumado. “Es un perro muy bonito”, le comenté. Estuvo de acuerdo conmigo y señaló, en su tono doctrinal, que a ese perro solo le faltaba un dueño.  Me devolví junto a Tintín mientras el señor y su séquito de perros seguían su camino repartiendo bendiciones a cada paso. Observé a Tintín que miraba con ojitos tristes hacia todos lados como si entendiera que era el momento de hacerme sentir culpable por llevarlo amarrado. Así que lo solté y la transformación fue instantánea.  Estaba feliz, dando vueltas y haciendo cabriolas como si se encontrara en el séptimo cielo. Me pareció que había tomado una buena decisión al soltarlo pero casi cambio de opinión cuando nos encontramos con una pareja de perritos que sus dueños, que aún no se habían encontrado con “Dios bendiga”, llevaban amarrados. Tintín se les fue encima y se negaba a seguir caminando. Tuve que llevarlo a rastras pero, no lo amarré.  Continuamos el paseo y yo, lo admito, bajé la guardia. No me di cuenta de que un joven de color venía trotando hacia nosotros. En el instante en que nos pasó por el lado, Tintín se le abalanzó ladrando como si en lugar de un diminuto chihuahua se tratara de un dobermann. Y como la gente cree que tú eres lo que presumes ser, el pobre muchacho corrió como si un dobermann lo persiguiera. Nunca había visto a alguien cuyos talones se pudieran apreciar a la altura de la espalda durante una carrera. Tintín lo correteó hasta que se cansó y luego regresó con cara de arrepentido pero igual lo amarré. Una señora me grito: ¡Ese perro es racista! Y yo asentí, muerta de vergüenza.

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  • Jajajaja!!! Eso me pasaba con frecuencia con un chihuahuita que tenía salíamos y no había negro que le pasara por delante que no le ladrara. Gente, objetos, vestimenta, etc. todo lo negro le generaba angustia y asumía una posición de defensa fuera de serie. Entiendo que los perros sufren de un daltonismo dicromático que los hace tener miedo. Y nosotros por igual debemos conocernos un poquito mas y manejar la psicología canina y la humana para evitarnos ese tipo de vergüenzas. Con tan poco tiempo que disponemos en estos días estudiar la conducta canina es un verdadero gesto de amor hacia la vida animal.

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