Aug 15, 2012 - General    Sin comentarios aún

Los desafíos de Maiquel

El pasado lunes, Maiquel, de cuatro años, estaba en el patio de su casa. El pequeño caminaba de saltito en saltito hacia la muerte. Hasta que pisó un cable que se había caído de la maraña eléctrica en que se convierten las instalaciones de energía en los barrios y… se electrocutó. Sí, había un cable de alta tensión en el patio de la vivienda donde reside la familia de este niño. Es decir, él jugaba en un lugar tan peligroso y mortal como una trampa.

Al leer la noticia sobre la tragedia, hice un ejercicio mental, sumando todos los peligros que, en su tierna infancia, ya acechaban a Maiquel. Me cuestioné sobre cuántas posibilidades tenía de convertirse en un hombre. Tal vez la mitad de las que tienen otros niños más afortunados.

Para empezar, era hijo de una madre adolescente. Nació cuando su mamá tenía 17 años, ahora que ha enterrado a su hijo, sólo tiene 21. Así que la primera amenaza de muerte que Maiquel venció fue la de su concepción.

Lo engendró casi una niña en un país con la tasa de embarazos en adolescente más alta de la región.

Siendo un embrión, estaba en peligro porque la gestación, cuando la madre no es aún adulta, cae en la clasificación de riesgo. Pero fue un riesgo que este niño pudo vencer. Aunque apenas asomó la cabeza al mundo enfrentó otras amenazas.

Maiquel vivía en Los Guandules, un barrio muy pobre donde la violencia, la marginalidad y la insalubridad te saludan cada mañana. Y, proeza increíble, también logró sobrevivir a un entorno, como el de esta ciudad, donde las calles son mundos de lobos.

Con autobuses que compiten por los pasajeros como si circularan en medio del desierto, cada quien ocupando el espacio que le da la gana. Con carros metiéndose en vía contraria y sacándose uno al otro a empujones del carril. ¡Ah!, y también venció la basura. Lo imagino caminando entre botellas y fundas de plástico, a las que se suman lagunas de agua sucia cuando llueve. Maiquel era un sobreviviente. Y no enfrentó más peligros, porque solo llegó hasta los cuatro años. Así que no le tocó escoger entre ser un delincuente, al que cualquier día lo mata otro delincuente o la Policía, o ser un hombre de trabajo asediado por criminales.

Por ejemplo, habría tenido que vencer amenazas de muerte como la que puede suponer el que tuviese un celular o un motor, que algún ladrón decidiese arrebatarle con la cortesía previa de darle un balazo. No llegó hasta allí. Porque Maiquel no sobrevivió al riesgo de salir al patio de su casa sobre la que se tejía el habitual desorden de cables que existe en nuestros barrios y que mata gente con frecuencia.

Pero es gente pobre así que sale más barato enterrarlos que tratar de arreglar ese lío del tendido eléctrico que es parte del caos de una sociedad que no se quiere a sí misma, que no cuida a sus niños ni protege a sus mujeres, y se permite dejar tirada en el suelo, al alcance de un niño, una especie de guillotina.

Ese cable que representó el enésimo desafío de muerte que, esta vez, a sus cuatro añitos, no pudo vencer Maiquel.

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