Nov 14, 2012 - General    Sin comentarios aún

Miedo

Las leyes que buscan amordazar a la prensa no me asustan. Les tengo miedo a los periodistas que, aun cuando nada les impide hablar, callan. Tiemblo cuando escucho a aquellos tan comprometidos, tan ricos, o luchando tanto por llegar a serlo, que antes de abrir la boca sobre un tema, les ponen un precio a su opinión.

Yo sé que las leyes no impiden que un periodista, que escogió esta carrera por una vocación que supera nuestros miedos, diga lo que tengan que decir, aun frente a fusiles, incluso aprovechando el instante previo a que una guillotina caiga sobre su cabeza. Ni ametralladoras, ni amenazas, han impedido que los periodistas denuncien, reclamen y le griten a la conciencia de las sociedades lo que éstas callan, cuando lo que deberían es lanzar un alarido.

A Orlando Martínez no lo callaron los cientos de cadáveres de jóvenes que aparecían en las portadas de los periódicos durante los 12 años de Joaquín Balaguer, donde también le tocó el turno al suyo. La seguridad del presidente de la nación más poderosa del mundo no pudo impedir que un periodista le lanzara un zapatazo como protesta por las miles de víctimas de la guerra de Irak. Y el hermetismo cubano no ha podido silenciar a una joven bloguera.

Por eso hoy, cuando se debate en el congreso la posibilidad de crear una herramienta legal para encarcelar a los comunicadores condenados por difamación, en lugar de abordar ese tema y defender el derecho que tenemos a expresarnos, prefiero mostrar lo valioso que resulta para una sociedad que un periodista no tenga miedo, o no actué con miedo.

Como muestra, cito lo ocurrido con la ejecución de un reo fugitivo a manos de un policía, presentada en el programa de Nuria Piera. Esa ejecución fue presenciada, en vivo, por decenas de ciudadanos. Una multitud de civiles que, según se ha sabido después, perseguían a los tres reos fugados que no eran tres angelitos pero tampoco habían perdido su condición de seres humanos.

Lo más espantoso de ese video no es el policía que, sin temblarle el pulso, vuelve a cargar el arma cuando ésta se le encasquilla para matar a un hombre desarmado. Ni el reo resignado que no hace nada para defenderse y espera la muerte sin atreverse siquiera a correr. Lo increíble son todos esos ciudadanos cómplices, esa jauría que pide la muerte de gente ya rendida y que, cuando se producen las ejecuciones, calla. Esa complicidad hiela el alma.

Nos salva, la conciencia de uno solo, que se sale de la fila de los espectadores pasivos, en este caso cómplices de un asesinato, y se atreve a hacerle llegar a Nuria el video. Y también, nos salva Nuria, que difunde ese video sin pedir permiso, sin avisar a posibles perjudicados, sin traicionar a quien creyó que ella sí se atrevería a mostrar esas imágenes terribles.

Cuando ocurrieron esas tres muertes, en menos de 48 horas, sucedieron otras cuatro, sumando siete, cargadas a la misma cuenta: la de la Policía. En ese momento me pregunté si nadie las contaba. Sentí que era obvio que la delincuencia se ha convertido en una excusa para justificar la indiferencia de todos frente al crimen desde la autoridad.

¡Cuánta sangre y cuánto silencio! Pero, ¡al fin!, nos salvó la voz de un testigo y la valentía de Nuria. Cuando algo así ocurre en una sociedad, sobrevive la esperanza en la gente y no le temo a una ley que pretenda callarla.

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